viernes, 26 de diciembre de 2014

UNA CONVERSACION EN NAVIDAD



De la navidad se habla mucho, se espera bastante, es un cumulo de esperanzas y una fuente de buenos deseos, crean un ambiente de expectativas y hace que el activismo se desborde, en ella hay una extraña mezcla de euforia y de pasión  que dan como resultado una acción trepidante por alcanzar y conseguir cosas que satisfagan el anhelo de estar bien, en el medio de toda esta baraúnda no hay espacio para la quietud, ni para el reposo, las calles están atiborradas de individuos que van y vienen, se detienen miran, piden información sobre objetos y cosas que ya escasearon o se vendieron porque fue grande la demanda, la promoción hizo su efecto psicológico y logro que consideraran un punto de honor tenerlos, pues se constituyo en un trofeo codiciado al extremo, que si no se obtendría la navidad no estaría completa.

Observando todo esto me pregunte, ¿donde está la paz y los buenos augurios que expresan los cultores y amantes de la navidad? Y me dije para mis adentros, esto no es otra cosa que el resultado del modernismo, cambiar los valores reemplazándolos por eufemismos y convirtiendo las tradiciones que tenían algún tinte de espiritualidad por una oportunidad para el mercantilismo despiadado y altamente perjudicial a la mente y al espíritu.

La navidad se mudo, ahora lo que tenemos es el nombre que usurpo una época para usarlo a conveniencia particular y explotar a los cándidos, contribuyendo en este tiempo a engrosar las arcas de los opulentos y a los explotadores de oficio, mermando a un mas las menguadas reservas del común del pueblo, que son los que sufren este ataque virulento y despiadado contra sus bolsillos, raidos y rotos de tanto meter la mano en ellos para sacar dinero y gastarlo en nimiedades.

Aun  lado del  el ojo del huracán de todo este zafarrancho, hay en una banca de la plaza central al  parecer  la única persona cuerda y sensata que parecía alejada de la marejada  que crecía con rapidez inusual  y que amenazaba con causar una grande inundación de impredecibles consecuencias y acicateado por la duda y la curiosidad interrumpí su aparente calma y  sentándome a su lado, le dije: ¿y cómo está pasando la navidad?

Este era un hombre de edad avanzada. Donde los surcos que aparecían en su rostro delataban el inmisericorde paso de los años  y la marca indeleble de su trascurrir arrollador, pero la huella más profunda y delatora no era la que se podía ver a simple vista ocasionada sin piedad por los arañazos que las garras del tiempo habían dejado en  su físico menguado, sino aquella que había en su alma desgarrada y en su espíritu quebrantado, en lo interno de su ser se debatía la amargura apuntalada por la opresión y el desencanto. No estaba disfrutando del reposo del guerrero que acumulo batallas y derrotas en su periplo terrenal y aun permanecía en pie como el roble enhiesto que le falto  el agua y fue abatido sin compasión por los vendavales, pero que solo hicieron que sus raíces se profundizaran para resistir toda la escases y todas las tormentas de la vida,  sino que obligado por las circunstancias a estar en el ostracismo y el aislamiento no alcanzaba a entender porque se encontraba en esa curva de la vida donde no se existía la posibilidad de conseguir una línea reta que lo enrumbara a encontrar el sosiego y la paz que clamaba su atormentado corazón. Mientras observaba aquel deambular inusitado con movimientos como si no tuvieran rumbo ni dirección, oía de los labios de mi improvisado acompañante las cuitas de su alma destrozada,  con el característico y enfatizado acento de quien no tiene esperanzas y se ha quedado sin opciones en la vida.

Brotaban a raudales las quejas y se multiplicaron los lamentos, se abrieron de par en par las compuertas  del recinto cerrado de su interior que habían permanecido trancadas con los herrumbrosos cerrojos del silencio y  la soledad, dando paso a una verborrea que desnudaba por completo su alma angustiada, dejando a la vista los despojos  de una vida consumida por el resentimiento y el rencor, no era una radiografía, sino como si hubiera tenido la capacidad de voltearse al revés y pudiera mostrar todas sus viseras y sus entrañas, cuando lo escuchaba esta era la extraña sensación que me embargaba. Por primera vez estaba viendo un alma que se desnudaba sin pudor ni condición.

Nunca me dio respuesta  a la pregunta que use como excusa para comenzar el dialogo y fue su oportunidad para vaciar su interior de toda acumulación de gases tóxicos que lo estaban asfixiando, me hablo de la mujer, de los hijos, de los vecinos, de la comunidad, de los ricos, del gobierno y aun de la muerte, diciendo que no hace el trabajo cuando se necesita, sino cuando le da la gana, en todo su extenso repertorio de acusaciones y señalamientos no encontró a nadie que escapara como responsable de lo que el mismo definió, como miserable vida, me limite solo a escuchar y a observar, tratando de encontrar un punto de inflexión o una coyuntura que pudiera unir las dos situaciones opuestas y hacerlas converger a un mismo canal para conseguir una acercamiento que me permitiera la conciliación en los dos polos antagónicos,  por más que me esforzaba en encontrar ese lugar que permitiera el acercamiento a dos situaciones en total oposición, me fue imposible.

 Mire me dijo señalando a la gente que pasaba frenética a nuestro derredor, Ud.  cree que a alguno de ellos le importa un viejo como yo, que habrá quien se detenga a preguntarme si tengo hambre, si tengo a donde ir, si estoy enfermo, si tengo necesidades, si tengo con quien pasar la navidad, los varones se ven abstraídos y las mujeres ensimismadas y todos andan como si estuvieran caminando por pandemónium, la capital del infierno, no se ve en ninguno el más leve rastro  de compasión, cada uno piensa en sí mismo y su modo de caminar apurados los delata de que son egoístas empedernidos.

Nadie tiene compasión parece que se fue y nunca más regreso o tal vez ya la borraron del diccionario, pero me temo lo peor, la expulsaron del pensamiento y la desarraigaron del corazón, porque pensándolo bien ella vivía sin que se conociera su existencia y es muy posible que al haberse delatado su presencia comenzó la persecución implacable y el asedio sin límites para aniquilarla, porque como se explica que los corazones estén vacíos en su totalidad, porque no se ven ni siquiera huellas o rastros de que en alguna oportunidad se hospedo en alguno de ellos.

No se ve en la cara de nadie una muestra de interés por otros, andan con rostros inexpresivos que son la manifestación clara de que nada les importa de lo que está alrededor, se ocupan de sí mismos, la reciprocidad es ajena y desconocida en sus vidas, no hay un pequeño atisbo de querer compartir, ¿Qué le ha pasado a este mundo que carece de los más elementales valores? ¿Qué corrientes poderosas lo están arrastrando a un salto terriblemente destructivo y mortal? ¿Qué fuerzas desconocidas y descomunales lo someten y lo deshumanizan con tanta brutalidad? ¿A dónde llegaremos con tanta indolencia y carencia de sentido común? ¿No estaremos pisando el acelerador a fondo con el fin de auto-destruirnos? ¿Este frenético comportamiento nos estará diciendo que hemos perdido el juicio y la razón? Estamos en un mundo caótico  que no solo ha enrarecido la atmosfera  con cuanta sustancia toxica pueda lanzar al aire, ha arruinado el medio ambiente, convirtiendo los pulmones de la tierra en áridos desiertos, los océanos en peceras pestilentes, pero pienso que lo peor es que ha contaminado su espíritu y ha entregado su alma al disfrute de todas las pasiones desordenadas y su cuerpo a todos los placeres y excesos que la permisividad y la carencia de templanza les permite. No hay dominio propio todos propulsan la tendencia perniciosa de hacer todo lo que  traiga disfrute, sin importar a quien o a cuantos perjudican con su desordenado comportamiento.

Nunca he recibido de la gente algo bueno, si no es vejámenes y desprecios, rechazos y maldiciones, en esa disyuntiva y ante la incapacidad de dilucidar este galimatías, me interrumpió sacándome de mi letargo ¿Qué piensa Ud. de todo lo que le he dicho, tengo razón o no? mi respuesta no obedeció a una metódica planificación, sino a la sorpresa de lo inesperado y solo atine a contestar con otra pregunta ¿se ha mirado en su interior  y a sacado la cuenta de cuánto tiene de culpa de todo lo que le ha pasado? Al juzgar por la impresión en su rostro y la duda para retomar la conversación anticipe que metí el dedo en la llaga sin proponerme. 

Viéndome por primera vez en el control de la situación aproveche el desconcierto y le dije: nadie es culpable de su infelicidad, Ud. Es dueño de sus decisiones y si fueron malas o buenas las consecuencias también son suyas y corresponden con exactitud al carácter de sus actos.

¿Cómo ha vivido Ud. A estado pendiente de las personas, las ha amado? ¿En su juventud proveyó para los necesitados, auxilio a los pobres, dio comida al hambriento y vistió al desnudo? Me riposto con cólera y gran molestia diciéndome: yo tenía que disfrutar mi juventud, ella es una sola y no hay otra oportunidad, por supuesto respondí, pero también la vejez es una sola y si en la juventud no hizo previsión para ella, al llegar ese momento ineludible solo tendrá reconcomio y  culpara a los demás, porque las oportunidades las hecho por el bajante de la poceta y ya no hay opciones de recogerlas, se fueron muy lejos y se desasieron en las aguas putrefactas de la contaminación generalizada y las penumbras del tiempo se encargaron de borrar y hacer difusas sus siluetas.
Parándose como impulsado por un resorte dijo: me voy Ud. Es otro igual a todos y sin agregar más palabras comenzó a marchar interrumpiendo el trepidante paso de los demás porque su caminar lento y arrastrando una pierna visiblemente lastimada le impedía andar al paso redoblado de la copiosa procesión.

Al verlo caminar penosamente y al  rebobinar pensando en todo lo que dijo, con lo cual había dado a conocer todo su pasado borrascoso y alejado por completo del equilibrio y la sobriedad recordé las sabias palabras de la Biblia: acuérdate de tu Creador en los días de tu juventud, antes de que vengan los días malos, y lleguen a los años de los cuales digas: no tengo en ellos contentamiento. (Ec. 12:1).

Por el pastor: Fernando Zuleta V.

 
















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