jueves, 3 de abril de 2014

GARABATO Y SU HISTORIA



Garabato era el remoquete del albañil más conocido del pueblo y aunque nunca se sentía aludido por ser llamado de esa manera, no le era del todo grato, hecho que se puso en evidencia cuando se caso y entrando ya en confianza con su esposa le pidió el favor de que al menos ella lo llamara por su nombre de pila, pero de nada sirvió las razones que el expuso a su consorte, ni el hecho de que infinidad de veces le pidió de mil maneras que no lo hiciera.

Pasaron años y ella jamás desistió de llamarlo garabato, mas aun nunca ni por equivocación llego a pronunciar su nombre, de hecho no se sabía que era más fuerte si la paciencia y constancia de garabato o la terquedad y tozudez de su cónyuge, lo trascendente del caso es que así marcharon en el tiempo, creyéndose que  garabato había claudicado a su anhelo de quitarse el remoquete, hasta que la visita a unos parientes dejo claras sus pretensiones, ese día cayo un vendaval que dejo muy maltrecho el puente colgante por donde era necesario pasar de regreso a casa y cuando tenían pocos metros caminando por él, cedió intempestivamente, con el infortunio que la esposa de garabato fue a parar a las turbulentas aguas, de inmediato recurrió a pedir socorro, gritando desesperadamente ¡garabato sálvame!, porque para colmo de males no sabía nadar. Esta situación extrema le dio oportunidad a garabato de negociar, para erradicar por siempre el mote y acto seguido la conmino, diciéndole: te sacare del agua si prometes no volverme a llamar garabato, pero en respuesta a su pedido solo escuchaba, lo que jamás quería volver a oír, garabato ayúdame, garabato auxilio, hasta que sumergiéndose por completo y sin poder pronunciar palabra alguna, solamente con una mano visible, aun demostraba que mantenía su firmeza y que no claudicaría aunque el precio fuera perder la vida, porque con el dedo índice encorvado hacia la señal clara de un garabato.

Se puede pensar que esta terquedad es rayana en la imbecilidad, pero es el resultado de no querer cambiar manías o caprichos y esto por supuesto se vuelve contra quien sostiene una situación por el solo hecho de llevar la contraria y permitirse el desenfado de asegurar , ¡a mí no me cambia nadie!.

En la vida tenemos opciones, vaivenes y circunstancias impredecibles que por fuerza mayor nos hacen cambiar de ideas, de domicilio y hasta de zapatos, por lo cual no podemos aferrarnos al tradicionalismo y costumbrismo de una manera irrazonable, argumentando la consabida frase “siempre lo he hecho así”. La vida está llena de imponderables y esas situaciones que resultan del desconocimiento del porvenir son las que nos sorprenden en nuestra dinámica diaria y hacen que consideremos los cambios y patrones que nos han regido, si debemos  variarlos  y si conviene que los mantengamos inalterables en el derrotero existencial.

No debemos cambiar por esnobismo y para seguir las tendencias y fluctuaciones contemporáneas, eso equivaldría a ser carentes de personalidad y de carácter, pero tampoco aferrarnos a la predilección de hábitos del pasado que no son útiles en el presente, porque entonces nos convertiríamos en  anticuarios vivientes.

Por el pastor: Fernando Zuleta V.



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