sábado, 23 de diciembre de 2017

CLAP UN PLACEBO



Calamidad es una palabra descriptiva que no explica de manera fehaciente la dura realidad  del pueblo venezolano en el presente, siempre he dicho y sostengo que ignorar los problemas no aporta soluciones a ellos, que negar no los hace desaparecer o que huir de ellos no los elimina.

Los connotados dirigentes políticos del país a mi modo de entender están en una burbuja aislada e impenetrable y su opacidad les impide ver afuera y darse por enterados de lo que sucede a su derredor o con simpleza rayana en la mediocridad esperar que sucedan milagros económicos que hagan verlos como salvadores del desastre que ellos mismos ocasionaron con su incapacidad e ineficiencia en la conducción del Estado.  

Andan desapercibidos, sin entendimiento y queriendo hacer crecer la vegetación en el más abrupto  e inhóspito de los desiertos, no por ser imposible sino por carecer de las herramientas tecnológicas y los conocimientos científicos para llevar adelante lo que sin dudas es más utópico que realista.

Podemos inferir por los resultados de tan nefasta administración en casi 20 largos y penosos años, que de lo malo que era la cuarta, pasamos a la peor que es la quinta, y con paso redoblado estaremos en breve tiempo en la paupérrima.

Esta llamada revolución bonita por los defensores a ultranza de la abyecta ignominia que padecemos propios y extraños en esta bella tierra, es tal vez la idea más insensata de una mente que vio en un sistema obsoleto, decadente y fracasado el medio para sacar de lo inservible algo útil. La naturaleza nos da lecciones de supervivencia y capacidad para mejorar la descendencia; las hembras en celo copulan solo con los machos que han vencido en épicas batallas a los que reclaman el derecho de aparearse para dejar herencia y solo los más fuertes y poderosos se ganan ese privilegio, eso es lo que los biólogos llaman “selección natural”

Sabemos por observación, estudio, experiencia y sobre todo por ley natural que nada inferior da origen a algo superior, nunca podremos conseguir haciendo lo malo, buenos resultados. Así mismo el que delinque no pude esperar ser premiado sino ser castigado.

Una nación al borde del colapso en donde los que están dirigiendo su derrotero están empecinados en negar la realidad solo por no aceptar los yerros y equivocaciones en que han incurrido en el manejo de la economía, hace presagiar sin ser adivinos, ni futurólogos que la hecatombe en que estamos inmersos producirá una explosión que arrasara, al país convirtiéndolo en estepa solitaria.

Nadie podrá escapar del desborde formidable que producirán las riadas de la insatisfacción, cuando el hambre enceguecedora, las pandemias contagiosas, la explosión de la delincuencia a escala incontenible y las necesidades de todo bien para la sobrevivencia sobrepasen todos los límites de lo tolerable y se imponga la ley del más fuerte y el imperio de la selva sea el que reine sobre nosotros.

Podemos observar el panorama sombrío cubierto por los negros nubarrones  tapizados por la angustia que genera la incertidumbre, sin ver una salida que produzca esperanza, la desazón se unirá a la desconfianza formando un dúo de consecuencias en extremo peligrosas.

Las contingencias surgidas de largos periodos de escases y padecimientos aumentaran en cantidades alarmantes y pasaran por encima de toda capacidad de soportar y como volcanes en erupción saturaran el ambiente de venenos piroclásticos, convirtiendo el aire en letal.

Así estamos a la expectativa viendo como todo se deteriora, se termina o se hace inservible y no aparece en el horizonte ninguna fórmula para poner fin a la tragedia de una gran nación que está hecha pedazos y terminara reducida a polvo.

Con dolor y asombro estamos desfilando por las ruinas en que ha quedado convertida una nación pujante cuna de hombres libres y ahora hecha nido de ratas que lo que no pueden comer lo roen hasta hacerlo trizas.

Estamos sufriendo el síndrome de Estocolmo, porque nos hemos unidos a los que han secuestrado nuestras vidas, han usurpado nuestros derechos y han hipotecado el futuro de las postreras generaciones.

Blandenguería seria el vocablo mas indulgente para definir la aquiescencia con que aceptamos todos los desmanes y violaciones sistemáticas a que hemos sido sometidos por los políticos que tomaron la dirección del país y se creyeron en su desvarió que les pertenece por herencia divina y se han erigido como dueños y señores de lo que es patrimonio de todo venezolano.

Ocultar toda la depredación, pasar por alto toda la canallada, conformarnos con migajas, aceptar el engaño y vivir con la mentira de que somos la Venezuela potencia y la generación de oro, es auto-engañarnos, es permitir la manipulación y dejar que ciegos nos guíen por caminos que al final son farallones donde todos vamos a perecer, si continuamos a sabiendas de cuál será el final, somos responsables directos, en cada individuo esta la respuesta ¿Cuál es la suya?.


Por el pastor: Fernando Zuleta Vallejo.

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