viernes, 21 de noviembre de 2014

COLOMBIA Y LA PAZ



Nací en Manizales, pero me crié en los límites del  Valle del Cauca y el Choco, en las estribaciones de la cordillera occidental, en un poblado llamado Cristales, que originalmente tenia por nombre Tierra Grata, sin saber con exactitud porque se produjo el cambio de nombre, pero en ese lugar agreste y enmontado vive muy de cerca el terror de las guerrillas y vi como la muerte violenta se enseñoreaba de sus habitantes, fui testigo siendo un niño de escenas bastante crudas y de situaciones muy lamentables por causas políticas que no tiene otro calificativo que demenciales.

Desde allí en el horizonte lejano a unas tres horas a lomo de caballo, vimos con asombro como se levantaban columnas de humo en otro pueblo de la región llamado Betania y por no tener comunicación para entonces ni siquiera telegráfica, pasaron algunos días hasta que alguien fue a Naranjal un pueblo intermedio y allí recogió la información que nos la hizo llegar en forma oral, de que el lugar había sido asediado por una chusma liberal y después de masacrar a la población lo incendiaron.

Era una constante ver pasar los cadáveres amarrados a mulas que tenían como destino Trujillo el lugar donde se hacia la necropsia y había médicos forenses y patólogos, los heridos eran llevados en camillas improvisadas y solo escuchábamos los lamentos y quejidos de quienes habían sido víctimas de las balas asesinas, pero aun tenían esperanza de vida y un rítmico caminar de aquellos que llevaban  la pesada carga por senderos con altibajos de toda naturaleza, sinuosos, pedregosos o embadurnados de barro según era el tramo o el tiempo.

Allí escuchaba disimuladamente la conversación de los mayores y de cómo fijaban tiempo para la muerte de tal o cual persona, no porque ellos mismos serian los que ejecutarían la atroz canallada sino porque conocían su filiación política y eso acarreaba sentencia de muerte irrevocable, así que aprendí a esperar la ejecución sumaria de los contrarios en política y a preguntarme a mí mismo ¿Cuándo mataran a fulano?   Y la postre tenía seis años, ¿se pueden imaginar lo que para mi llego a significar la muerte? Fueron tantas las ocasiones y tantos los muertos por asesinatos que vi desfilar ante mis ojos, que jamás he podido derramar lagrimas cuando alguien muere así sea, el más cercano o más amado en mi existencia.

Me rodee de una coraza de dureza  impenetrable y sepulte en el fondo más profundo mis sentimientos, amontonando sobre ellos pesadas losas de granito taponando todo resquicio  impidiendo que pudieran aflorar el más mínimo sentimiento que demostrara dolor o pena por la muerte.

Creo que por algún tiempo sufrí la tendencia morbosa de disfrutar viendo los muertos, porque iba al cementerio a ver cadáveres, para sacar conclusiones de cómo podía haber sido su muerte, pero haciendo esto encontré la cura, cuando en una ocasión viendo un hombre que había sido asesinado de siete aterradores machetazos, que no se podía saber cual de todos era más mortal y terriblemente bestial, por primera vez sentí repugnancia y un escalofrió recorrió todo mi cuerpo al contemplar tan atroz y dantesca escena carnicera, de allí en adelante nunca más he querido ver los muertos, aunque la principal invitación y el primer rito en un velorio es  ver como quedo el difunto.

Los muertos los conseguíamos en el camino, donde habían sido emboscados y esperados en lugares estratégicos, como cuando el abuelo encontraba el caminadero de una guagua y allí le armaba la trampa con una escopeta de fistol y era tanta la precisión, que un día nos previno diciendo: cuando se valla el agua es la señal de que la guagua a caído en la trampa,  en la mañana el agua que caía perennemente por la canal no estaba presente y la pregunta de cómo lo sabía, recibió la siguiente respuesta: porque cuando reciba el tiro ella dará un salto y caerá en la acequia impidiendo  que el agua corra y represara la corriente y efectivamente sus cálculos se cumplieron al pie de la letra, ese día hubo guagua para todo el mundo.

Mis hermanos mayores llegaron hasta conocer la marca de fábrica de uno de los asesinos más temidos de la región, porque a toda victima después de ser asesinada, le ocasionaba un devastador machetazo en la cabeza por la parte de atrás que abarcaba un terrorífico  y profundo corte de oreja a oreja. Así pase la niñez, la adolescencia y la juventud, rodeado de muerte a donde llegaba, nos vinimos de Cristales a Naranjal huyéndole a la violencia y allí en dos años que vivimos fueron asesinados dos hermanos, por lo cual mi abuelo se fue a conseguir un mejor lugar para vivir y llegamos  Caicedonia donde fuimos recibidos con la noticia de que a quince minutos en un sitio llamado la Ribera la chusma conservadora había asesinado vilmente a 26 campesinos incluyendo niños y mujeres porque no eran de su grupo político, como dijo en tono apesadumbrado uno de la familia: salimos de las brasas y caímos a la candela. 

No tengo la lista de los familiares que han caído víctimas de la violencia, pero son bastantes, no tengo el conocimiento de cuantos allegados y conocidos han sido asesinados, pero son muchos y no es mi familia y los conocidos los que me duelen es el pueblo colombiano completo que ha sufrido las consecuencias de las erradas políticas y de las confrontaciones de bandas que durante más de 50 años han querido dirimir la supremacía por medio de la violencia y el exterminio de todos aquellos que no promulgan con sus ideas o están en desacuerdo con su perniciosa visión de la realidad y es por el pueblo colombiano que debemos buscar todos los medios para la paz, doblegar el orgullo y aceptar que ninguno tiene la razón para haber permanecido durante tanto tiempo causando tanto dolor y sufrimiento a sus congéneres.

En Colombia la paz tiene un altísimo costo, pues según guiness récord en los primeros  diez años de violencia partidista se superaron las 300.000 vidas segadas por tan terrible estrechez mental de los contendientes, dejando una estela trágica de huérfanos, viudas, desamparados, mutilados y de individuos desarraigados de sus territorios y lanzados a la deriva de un mundo turbulento y sin control ¿No es suficiente este precio por la paz en Colombia? ¿O aun hay alguna factura por cobrar?.

Por el pastor: Fernando Zuleta V.









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